Vampiros: "La estirpe maldita"

Vampiro y súcubo

¿Quién no ha oído hablar de vampiros? ¿Hay alguien que no sepa lo que son? Es altamente improbable. La literatura y sobre todo, el cine, han hecho de esta criatura de la noche uno de los monstruos más célebres del universo de lo fantástico y sobrenatural en el siglo pasado.Vamos a acercaros un poco más esta misteriosa figura. Su origen, sus nombres en las diferentes culturas, sus hazañas y leyenda.

Un vampiro es...

Un vampiro es una criatura nocturna sobrenatural que se alimenta básicamente de sangre. Así es como podríamos definir a grosso modo, en términos muy generales, lo que es este tipo de ser. Pero estos seres han tenido muchos nombres, tantos como culturas diferentes han imaginado (o han topado con) su presencia. La palabra "vampiro" es la más conocida, pero dadas las longevas características de estas criaturas, se trata prácticamente de un neologismo. Collin de Plancy, en su Dictionnaire Infernal, publicado en el año 1803 en París, escribe lo siguiente: "...se da el nombre de upiers, upires o vampiros en Occidente, de brucólacos (vrucolacas) en el Medio Oriente, y de Katakhanès en Ceilán, a los hombres muertos y sepultados desde hace muchos días, que regresan (en cuerpo y alma), hablando, caminando, infestando los pueblos, maltratando a los hombres y a los animales, y, sobre todo, sorbiendo la sangre de los mismos, debilitándolos y causándoles la muerte." Pero los vampiros, usando el nombre por el cual conocemos a estas criaturas, llevan siglos acompañando a la humanidad. Se dice que desde la época de las cavernas, cuando el hombre empezó a temer la oscuridad...

Curiosa es la teoría de Emilio Rossignoli, en su libro Yo creo en los vampiros, publicado en Milán en 1961, que estudia la leyenda según la cual el primer vampiro surgió de Adán. Antes de la creación de Eva, Adán vivía solitario pero con el deseo subconsciente de una compañía femenina. Durante el sueño y sin la existencia de pecado, este deseo provocó en Adán el orgasmo. El principio de vida que ello suponía quedó estéril aunque con una desesperada fuerza de supervivencia. En realidad era una media alma que deseaba encontrar la otra mitad que le faltaba.

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Otras teorías, considerando a estos seres demonios hematófagos, le dan un origen también de reminiscencias hebreas: son descendencia de la primera esposa de Adán, Lilit, que según la tradición talmúdica marchó del paraíso, abandonando a su pareja, hacia las orillas del mar Rojo, donde se apareó con demonios y fue madre de miles de ellos. Así muchos la consideran la Reina de los Vampiros y reminiscencia para lo que luego serían las lamias griegas, empusas, etc. Curiosa es la relación entre Lilit, la noche y el ave carroñera nocturna (chotacabras, lechuza) con la que se traduce en el Antiguo Testamento. No en vano su nombre proviene de laiyul, que siginifica "noche", y a su vez de la raís semítica lai-lah que significa "torsión".

Pero volviendo a sus orígenes, uno de los primeros pueblos que nombraron a una criatura de las características que ahora conocemos como vampiros, fue el de los acadios. Los acadios fueron un pueblo mesopotámico que habitó las orillas del Tigris y el Éufrates en el tercer milenio antes de Cristo, y creían que los muertos iban a parar a una especie de limbo del que podían regresar, ya fuese por orden de los dioses o por encantamientos. Así, sentían un pavor terrible hacia los que denominaban Rappaganmekhab o sombra de los muertos. Surgían de las profundidades de la tierra al ponerse el sol atacando a los vivos y sorbiendo su sangre. La manera que tenían de defenderse de ellos era con el fuego, al que adoraban como una divinidad. Interesante es la tablilla sita en el Museo Británico de Londres, en la que se relata el descenso de la diosa mesopotámica Ishtar al "País Inmutable". La leyenda cuenta que se dirigió así al guardián de la región infernal:

"Guardián, abre tu puerta abre tu puerta y entraré. Si no abres la puerta y no puedo entrar la embestiré, romperé sus barras, forzaré sus candados, despedazaré sus dinteles, haré levantar a los muertos para que devoren a los vivos daré plena potestad a los muertos sobre los vivos."

En Egipto también las supersticiones sobre momias que regresaban de la muerte para vengarse sobre los vivos devorando su carne y sangre estaban extendidas. De ahí pasaron a la Hélade, asentándose con fuerza en tierras griegas, donde se les llamó chtonios y también daimones prostroxivi. Las lamias también fueron populares tanto en Grecia como Roma, donde coexistían con la figura del Stryx. Las lamias eran mujeres con cuerpo de serpiente que bebían la sangre y comían la carne de sus víctimas. El Stryx era un ave nocturna, parecida a un buitre, con rostro de mujer que bebía la sangre de los bebés en sus propias cunas, seguramente superstición heredada de la primigenia Lilit y relacionada con las Harpías. Pero no sólamente en Europa o el Cercano Oriente se ha sufrido la lacra de los vampiros.

La diosa Ishtar

En China, recibían el nombre de Ch'tang Shih, en la India de Rakshasa, Bhutta y Baital, en la Polinesia de Tii, en África ecuatorial de wengwuas... incluso en el Tíbet, donde se conoce la técnica de "el beso de la vida", que consiste en arrancar con los dientes la lengua de un cadáver para resucitarlo. Este cadáver viviente luego se alimenta de la sangre de los vivos. En Oriente Medio se conoce la figura del ghoul o ghoulish, que, como animal carroñero,devora la carne de los muertos y bebe su sangre. Pero el vampiro siempre ha estado rodeado de una extraña corte de animales, quizás porque cada tradición lo relaciona con uno de ellos sea por metamorfosis o por encontrarse bajo su poder: murciélagos, licántropos, hombres-osos, ratas... pero todos tienen en común su gusto por parasitar a los seres vivos bebiendo su sangre e ingiriendo su carne.

En Francia son conocidos los luttins, en Alemania los werewolfe, en los países bálticos lokis... pero el auténtico antepasado del concepto actual de vampiro es el que proviene de la península balcánica, este de Europa y Hungría, donde también ha recibido diversos nombres: klodlak, vourdalak, upires, wempi... La etimología así mismo de la palabra vampiro nos dice que proviene del húngaro "vampir", palabra común a este idioma con el servio-croata, y de ahí pasó a las lenguas occidentales, documentándose por primera vez en 1734 en Inglaterra. Muchos opinan que esta palabra pueda proceder del verbo griego "pinein", que significa "beber".

Historia y leyenda de la sangre y la lucha por la vida

A lo largo de la existencia del hombre, siempre ha habido leyendas y rumores sobre criaturas de hábitos alimenticios poco ortodoxos. Pero en la historia, la historia académica, han dejado sus huellas de manera indeleble. Filósofos como Voltaire, Rousseau o monjes eruditos como Agustín Calmet, en el aterrorizado por la plaga vampírica siglo XVIII, no dudaron en hablar de ellos y comentar sus impresiones. Así decía Rousseau:

...si ha habido en el mundo una historia garantizada es la de los vampiros. No falta nada: informes oficiales, testimonios de personas atendibles, cirujanos, sacerdotes, jueces... ahí están todas las pruebas.

O en palabras de Voltaire:

... no se sentía hablar más que de vampiros entre 1730 y 1735: se les descubría por todas partes, se les tendían emboscadas, se les arrancaba el corazón, se los quemaba. Algo semejante a cuanto les había sucedido a los antiguos mártires cristianos. Más se los quemaba y más se los encontraba.

El ambiente de histeria colectiva del siglo de las luces respecto a estas criaturas era tan alarmante que se organizaban tribunales para decidir los casos de vampirismo: El 30 de enero de 1755 en una aldea de Moravia se realizó un juicio contra unos muertos, llegando este hecho a oídos de la emperatriz María Teresa de Austria. Ante lo absurdo del caso, la emperatriz ordenó un informe de los hechos a Gerard von Swieten, su médico, en términos que no daban lugar a dudas: los vampiros no existían. La ciencia desmentía la superstición popular.

María Teresa de Austria

Existen numerosos comentarios de Próspero Lambertini, el que fue Papa Benedicto IV, amonestando con tono irónico a sus obispos y cardenales, pues gran parte de la jerarquía eclesiástica albergaba grandes dudas respecto al tema. Mientras tanto, se buscaban vampiros febrilmente en los camposantos, se abrían sepulturas y ataúdes y si se encontraba algún signo de vampirismo en los cadáveres, se les atravesaban el corazón y decapitaba. Agustín Calmet, al que hemos nombrado antes, escribió en el año 1759, uno de los volúmenes más celebres sobre el mundo de lo sobrenatural, Dissertation sur les apparations des anges, des demons et des esprits et sur les revenants et vampires, En esta obra trata de dar una explicación racional y científica al fenómeno del vampirismo y recoge casos muy interesantes sucedidos en esos momentos, como el que os vamos a relatar: En una aldea situada a tres leguas de distancia de Gradisch llamada Kisilova, falleció un anciano a la edad de setenta y dos años. Eran los primeros días de septiembre. Fue sepultado y a los tres días de su entierro, se le apareció a un hijo suyo ya de noche. Le pidió de comer y su hijo accedió trayéndole alimento. Comió y desapareció. Al día siguiente contó el hijo lo acaecido a sus vecinos. Aquella noche no volvió su padre, pero en la posterior se hizo ver y pidió de comer. Se desconoce si el hijo le dió alimento o no, pero al día siguiente fue encontrado muerto en su cama y varias personas de la aldea enfermaron de improviso. En pocos días murieron una detrás de otra. El gobernador del lugar, enterado de los hechos, envió un infome al tribunal de Belgrado que respondió mandando a dos oficiales imperiales y un verdugo a la zona. Se abrieron tumbas de quienes habían fallecido hacía seis semanas y cuando descubrieron la del viejo, lo encontraron con los ojos abiertos, la respiración natural, la tez rojiza, pero inmóvil como un muerto, de donde dedujeron que era un vampiro. El verdugo le atravesó el corazón con un palo y quemó el cadáver. En los cuerpos del hijo y de los otros no se encontró signo alguno de vampirismo.

Agustín Calmet

La obra de Calmet estaba repleta de casos similares a éste, documentados a la perfección, con testigos y papeles oficiales, pero aún así, Voltaire, antiguo amigo del benedictino, no dudó en mofarse de él incluyéndolo como ejemplo de superstición en su Dictionnaire Philosophique. Claramente, la intención de Agustín Calmet no fue comprendida por sus contemporáneos, y su exhaustivo ensayo lo único que consiguió fue avivar la llama de la superstición y extender la leyenda del vampiro hasta nuestros días. Justamente lo contrario de lo que pretendía. Pero hasta en pleno siglo veinte encontramos hechos verificados y contrastables que nos hablan de este tipo de criaturas. Así nos lo relata Emilio de Rossignoli en su libro Yo creo en los vampiros: En 1957, Fatma Yenicasu se fue a bañar al río que se encuentra en las cercanías de su ciudad, Selendi (Turquía).Era el mes de agosto y con la tardía pueta de sol, se demoró más de lo habitual en su regreso a casa. Era casi de noche cuando al pasar al lado del cementerio fue atacada por un hombre que le mordió el cuello. Durante la lucha pudo arrancarle un pedazo de la chaqueta, que era de color marrón. La muchacha se desmayó. Al día siguiente, Fatma presentó en la policía una denuncia, procediéndose a una investigación que llevó con celeridad al traje de donde la joven había arrancado un trozo. Lo vestía el cadáver de un desconocido que había sido encontrado ahogado en el río tres días antes y que permanecía en el depósito del cementerio sobre una losa de mármol. No se le había dado sepultura con la esperanza de ser identificado. Se cerró la investigación "con las diligencias y cautela necesarias" y se le enterró. Pero en el siglo del psicoanálisis, la bomba atómica, la carrera espacial y el desentrañamiento del genoma humano, ¿ha variado la percepción del vampiro o se mantiene en el inconsciente humano como algo real? La gran popularización de esta criatura a través del cine y la literatura la ha relegado al plano de la imaginación y lo fantástico. Un producto más que se consume y quema y al que no se le da mayor importancia que el meramente ocioso. ¿Es esto realmente así? La mente humana es mucho más compleja e irracional de lo que nos pensamos.

Sangre y Arte

Vampiros en el cine

La literatura, el cine, la televisión, la música, han sido y son medios a través de los cuales los vampiros han permanecido con vida y siguen extendiendo su pernicioso virus macabro, erótico y subyugante entre la raza humana. Fuera por placer, o por estudiar el fenómeno, el caso de la Literatura es evidentemente el más antiguo, y el que ha elevado a cotas inimaginables de universalidad a estas criaturas... siendo el Cine el que más los ha popularizado. Continuemos nuestro macabro viaje hacia la cripta de los vampiros... y descubramos más...

Literatura

Uno de los primeros relatos de vampirismo que se tienen atestiguados está en ese maravilloso maremágnum que son Las Mil y Una Noches, titulado Honor de vampiro o historia contada la nonocuadragesimoquinta noche al sultán Balbars por el sexto capitán de policía. Pero éste a su vez tiene su fuente de inspiración en una antigua historia hindú, escrita en sánscrito, llamada Vikram y el vampiro, donde se relata la leyenda del héroe y sus peripecias junto a un baital (demonio con forma de murciélago que reanima cuerpos y bebe sangre) y un anciano yogui. En la antigua Grecia también hicieron sus incursiones literarias estas criaturas, apareciendo en obras de Eurípides y Aristófanes, que luego han influído en autores posteriores como Keats o Goethe, siendo el más conocido el Filostrato de Apolonio de Tiana, donde el protagonista resulta vencedor frente a una lamia, representación del triunfo de la razón frente a la superstición. Esta leyenda sirvió a John Keats de inspiración para escribir su Lamia en el año 1800, pero años antes Johan Wolfgang von Goethe, con su La novia de Corinto, había abierto definitivamente la veda del vampirismo, del vampirismo romántico que tan bien conocemos en la actualidad. Otros poetas como Baudelaire y su La metamorfosis del vampiro o el inacabado Cristóbal de Coledige también contribuyeron con sus poemas al festín de sangre y erotismo.

John Keats

Dejando a un lado los ensayos, la literatura vampírica, en concreto la novela, se desarrolló principalmente durante el siglo XIX. Son numerosos los autores que se vieron fascinados por estas criaturas de la noche, y no dudaron en fantasear y crear con ellas obras que todavía nos estremecen por una razón u otra. La pirmera novela dedicada íntegramente a una figura vampírica, fue El vampiro, de John William Polidori, en 1819. Muchos han querido ver aquí la mano de Lord Byron, pues la primera vez que se publicó se hizo bajo el nombre del noble inglés, pero la autoría es claramente la de John Polidori, médico y amante del autor de Lara. El alumbramiento de esta obra tuvo lugar en Villa Diodati (lugar que antes ya habían visitado Voltaire, Rousseau o Milton), la noche en la cual se propuso el famoso desafío que ganó Mary Shelley con su Frankenstein y, por supuesto, El vampiro de Polidori.. En esta obra, se hace la descripción de un noble, Lord Ruthven, sofisticado, frío, cruel, un vampiro que gusta de moverse entre la alta sociedad. No hace falta ser muy sagaz para percatarse de que el vampiro de Polidori era el mismo Lord Byron, que gustaba de burlarse y despreciar a su galeno, descrito a la perfección.. Lord Byron era un vampiro a los ojos de Polidori, con un desprecio absoluto por todo lo humano, aunque lo utilice como elemento de conquista, supervivencia y destrucción, con el dominio en su provecho de las debilidades humanas hasta conducirlas a la autodestrucción y fascinación diabólica sobre las mujeres y los hombres. Con estas caracteríticas Polidori dió a luz al vampiro moderno, al vampiro que ahora todos conocemos en las obras de ficción... y murió bajo sus garras, suicidándose en 1821.

Varney el Vampiro o el Banquete de Sangre

Cambiando de registro, merece la pena nombrar la obra de 1847 Varney el Vampiro o el Banquete de Sangre, novela que se publicó por entregas llegando hasta los 220 capítulos. Se trata de una obra donde el vampiro posee remordimientos y sufre como cualquier ser humano, pero escrita de manera tan burda que casi se puede considerar una comedia pseudopornográfica por sus contenidos sexuales más que explícitos. Fue una novela bastante célebre en su momento y seguida por centenares de personas. Su autoría está todavía por desvelarse aunque los nombres que se manejan son James Rymer y Thomas Preskett Prest.

En 1859 Fitz-James O´Brien escribió ¿Qué era? un relato que, junto a otros como El Viyi de Nicolai Gogol, Lokis de Prosper Merimée, Berenice de Edgar Allan Poe, El Horla de Guy de Maupassant, La amante macabra o Clarimonda, de Théophile Gautier, La hermosa vampirizada de Alejandro Dumas, El manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki, etc. hicieron del siglo XIX el siglo de los vampiros. El movimiento romántico, el gusto por lo gótico hicieron que estas criaturas se sintieran más que mimadas. Pero las obras cumbre de la literatura de vampiros son, indudablemente, Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanù y Dracula de Abraham Stoker, ambos curiosamente irlandeses. Carmilla fue publicada en 1872 junto a otros relatos cortos bajo el título de En un espejo a oscuras, y es una de las novelas más sublimes y cuidadas de este género. En ella se dan la mano delicadamente la soledad, la amistad, el ansia por la sangre y un componente sexual latente fuertemente lésbico. Se trata de una obra deliciosa, agridulce, que no deja de tener un componente macabro que atrapa como la tela de una araña. Sobre Dracula, publicado en 1897, no hay mucho que comentar que no se sepa o se haya dicho ya. Bram Stoker, relacionado con sociedades secretas como la Golden Dawn, se inspiró en la figura histórica del príncipe válaco Vlad Tepes "El Empalador" para crear a su malvado conde. Por supuesto, la obra de Polidori también deja su estela sobre la obra del irlandés, iniciando, como ya dijimos con anterioridad, el perfil del vampiro moderno.

Bram Stoker

El siglo XX añadió nuevos matices a la literatura vampírica además de mantener el halo gótico que la caracterizaba: los vampiros ya no se alimentaron exclusivamente de sangre... apareció el vampiro psíquico, el vampiro energético e, incluso, el vampiro extraterrestre. La criatura se iba adaptando al ritmo de la evolución de la mentalidad y descubrimientos científicos del momento. Por supuesto, el vampiro hijo de Polidori y Stoker continuó vigente en obras como el Conde Magnus de M. R. James (1904), Porque la sangre es vida, de Francis Marion Crawford (1911), Dion Fortune y su El amante del demonio (1927) o Soy leyenda de Richard Matheson (1954). Pero aparecieron obras como La chica de los ojos hambrientos de Fritz Lieber (1949) o Luella Liller de Mary Wilkins Freemen (1902) que ampliaron la acepción de vampiro. Relatos como El vampiro estelar (1935) de Robert Bloch abrieron una nueva perspectiva de horrores multidimensionales a la vez que Chelsea Quinn Yarbro nos presentaba el lado amable y humano de estas criaturas con Hotel Transilvania (1977). Por supuesto, escritores tan populares como Stephen King, dedicados en pleno a la litaratura fantástica y de terror, contribuyeron con su pluma a agrandar la biblioteca vampírica con La hora del Vampiro (1975) y autores nuevos como Kim Newman ofrecen una nueva visión delirante, sarcástica y divertida con su Año de Dracula (1992).

Newman y Byrne

Este último en concreto nos relata la historia de un Dracula que ha conquistado Inglaterra, se ha casado con la reina Victoria, ha vampirizado a la mitad de la población y empala a sus enemigos frente al palacio de Buckingham. Pero la estabilidad de su reinado se ve amenazada por un asesino que mata salvajemente a vampiras en el distrito de White Chapel. También muy conocidas son las Crónicas vampíricas de Anne Rice, que comenzaron en el año 1976 con Entrevista con el vampiro y continúan hasta la actualidad. Anne Rice nos presentó a unos vampiros casi perfectos, hermosos, inmortales, con poderes telepáticos... unos semidioses de origen demoníaco. Y así continúan sobreviviendo entre nosotros, de una manera u otra, perdurando en nuestra memoria y aterrorizando ( o deleitando) a millones de lectores... pero su gran triunfo no fue este... vino de la mano de los hermanos Lumière...

Cine

Cartel de Nosferatu

En un lejano ya 1895, en París, Francia, dos hermanos, Auguste y Louis Lumière, basándose en el kinetoscopio de Thomas Edison, inventaron lo que ellos bautizaron como "cinematógrafo". No hace falta que añadamos nada más a este invento de envergadura descomunal a nivel histórico, social y económico. Centrándonos en el tema que tratamos, es curioso como los vampiros enseguida llamaron la atención de los primeros cineastas. La primera película dedicada a estas criaturas fue rodada en el año 1915, y su título fue sencillamente The Vampire, dirigida por Alice Guy, una francesa osada. Al año siguiente apareció The village vampire, que en clave de humor nos adentraba en el fenómeno de los chupa-sangre. Mack Sennet, un canadiense de ascendencia irlandesa sería su director. Pero evidentemente, una de las mayores obras destacadas y basadas en las criaturas de la noche, fue y es la sinfonía de los horrores del maestro alemán del expresionismo F.W. Murnau: Nosferatu, eine symphonie des grauens en 1922.

La película de Murnau, a pesar de ser una adaptación del Dracula de Stoker, tuvo que cambiar los nombres de sus protagonistas y variar ligeramente la trama ya que los herederos del escritor irlandés, dueños de los derechos de la obra literaria, se negaron a dejar utilizar al genio alemán los nombres originales bajo amenaza de demanda. Pero a pesar de que Dracula fue llamado "Conde Orlock" y Wihelmina Murray "Ellen Hutter", Nosferatu no dejó de ser (y sigue siendo) una auténtica obra maestra del género, donde se capta en meticuloso, terrible y silencioso detalle el horror y atracción que produce el vampiro. Tanto es así, que en el año 2000, basándose en la escalofriante interpretación del Conde Orlock por parte de Max Schreck, Elias Merhige dirigió La sombra del vampiro, con John Malkovich, Udo Kier y Willem Dafoe. En ella el guionista Steven Katz y Elias nos invitan a un viaje en el tiempo hasta el momento en el que se estaba rodando Nosferatu, mostrándonos a un cruel, obsesivo y genial Murnau (Malkovich) y a un espeluznante Max Schreck (Dafoe) que resulta no ser simplemente un actor...

Newman y Byrne

El Nosferatu de Murnau ha impresionado vivamente a lo largo de las décadas, incluso se realizó un remake en 1972 a manos de Wener Herzog y un conde-vampiro interpretado por el extravagante Klaus Kinski. El resultado de este film fue más bien kitsch, aunque no deja de ser altamente interesante para el aficionado a los vampiros, pues las actuaciones de una joven Isabelle Adjani y un impecable Bruno Ganz son dignas de ver entre los excesos del gigante Kinski. Pero continuemos con nuestra pequeña ruta vampírica por el mundo del cine... tras el terremoto artístico que supuso el film de Murnau, fueron apareciendo otras obras reseñables como London after Midnight de Tod Browning en 1932, La hija de Dracula de Lambert Hyllier en 1936, El murciélago vampiro de Frank Strayer en 1933... pero sin ninguna duda otro de los hitos del cine de vampiros fue el Drácula de Tod Browning en 1931, donde toma una apariencia aristocrática y elegante, turbadora y galante, alejada por completo de la de Nosferatu, e interpretada por el archiconocido, víctima de su propia interpretación y gran Bela Lugosi. Este Drácula servirá de molde y ejemplo para muchos de los futuros vampiros y dráculas que surgieron a lo largo de los años: distantes, hipnóticos, de alta arcunia y con mucha clase.

Crhistopher Lee como Drácula

Pero evidentemente, uno de los "dráculas" más conocidos en la historia del cine, a parte del mítico Bela Lugosi, fue el londinense Christopher Lee. Porque como es evidente, los filmes más célebres estuvieron basados en la figura que creó Bram Stoker. En 1958 el prolífico Terence Fisher filmó Drácula, que en Estados Unidos fue rebautizada como Horror of Dracula para no confundirla con la interpretada por Lugosi, inaugurando así una etapa fecunda en la productora inglesa Hammer de películas de terror donde la figura del vampiro tuvo un puesto sobresaliente. Sus actores fetiche fueron Peter Cushing y el anteriormente mencionado Christopher Lee, que fueron apareciendo en casi todas sus obras, fueran dedicadas a las criaturas chupa-sangre o no. Dracula (1958), Las novias de Drácula (1960) y Dracula, príncipe de las Tinieblas (1966) fueron sus obras dedicadas a los vampiros, la segunda de ellas, con una visión sexual explícita inaudita en la época, que más tarde Francis Ford Coppola recuperó para su película dedicada al conde de Stoker.

El personaje creado por Stoker proveyó al cine muchas más obras, algunas maestras y otras no tanto, pero merece la pena mencionar una de las últimas y mejores adaptaciones que se han hecho hasta la fecha, que antes hemos nombrado, llevada a la gran pantalla por el experimentado y laureado cineasta italo-americano Francis Ford Coppola: Bram Stoker´s Dracula (1993). En este film se observa claramente el esfuerzo del director por aunar historia y obra literaria, siendo el resultado una de las películas más fieles a la obra del escritor irlandés y coherente con el personaje histórico, sin dejar de añadir la leyenda del ángel caído y el amor frustrado. Se humaniza la figura de Drácula dándole unos matices trágicos provocando la simpatía y compasión del espectador, pero sin eliminar su naturaleza antinatural y monstruosa, aunque no necesariamente maligna.

Drácula de Coppola

Su apariencia también varía: la clásica capa negra y elegante traje se ven sustituídos por exóticas indumentarias de influencia oriental y largas cabelleras (diseñadas por la japonesa Eiko Ishioka), que fascinan no tanto por su colorido sino por su mayor realismo y cercanía a lo que pudo ser Vlad el Empalador. La obra de Coppola también sorprende por la redención del personaje, cosa inédita en la filmografía de Drácula, donde nuestro protagonista sólo tenía la alternativa de morir... o regresar y volver a morir. Pero no sólamente la figura de Bram Stoker ha sido elegida para plasmar mediante el séptimo arte la figura del vampiro: Carmilla de Le Fanù también ha inspirado numerosas obras, la mayoría de origen europeo, donde la semilla del vampirismo se esconde tras el sexo femenino. Ejemplos son Et mourir de plaisir, conocida también como Blood and Roses, una producción franco-italiana dirigida con bastante tino por Robert Vadim en 1960; La Condesa Drácula (1973), de Peter Sasdy y protagonizada por la eterna Carmilla, Ingrid Pitt... etc.

Obras como el Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki o El Viyi de Gogol, han sido llevadas también al cine en la década de los sesenta, películas que no son muy conocidas a nivel popular pero que muestran de manera majestuosa y algo heterodoxa al vampiro. Y, por supuesto, los vampiros en general sin concretar en personajes, han servido como tema principal de películas como las sagas de Noche de Miedo en la década de los ochenta o la conocida colaboración entre los directores Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, Abierto hasta el Amanacer, donde el género de acción, el humor negro y el estilo Road Movie se mezclan con las pálidas criaturas de la noche. Ya que nombramos el humor, los vampiros no han sido desvinculados de la comedia, desde la absurda Abbot & Costello meet Frankenstein (1948) hasta la divertida parodia de Polanski El Baile de los vampiros (1967). Aunque existen filmes que a pesar de que su intención original no sea la de provocar risas, sus títulos no pueden evitar producirnos una sonrisa como mínimo, sucede por ejemplo con La Momia azteca contra el robot humano del mexicano Rafael Portillo (1962). Muy bizarra (y algo aburrida también) es Andy Warhol´s Dracula (1974), del susodicho excéntrico artista, que tampoco puede escapar del irresistible influjo del conde transilvano y, como curiosidad, la delicada interpretación de Catherine Deneuve junto a Susan Sarandon y David Bowie, nos acerca a un vampiro que puede envejecer y sufrir tanto que incluso llegue a considerarse la muerte una bendición, en El ansia (1982). Los vampiros alcanzaron incluso la Blaxplotation de los setenta, con la legendaria y para algunos ridícula, Blacula (1972) de William Crane, con un argumento que si se compara con Un Vampiro suelto en Brooklyn (1996) de Eddie Murphy, es una auténtica obra maestra. Tampoco podemos olvidar la adaptación del personaje de cómic Blade y la obra de la escritora Anne Rice, por supuesto, y una mención póstuma al que ha sido considerado (en nuestra opinión de manera injusta) el peor director de cine de toda la historia: Ed Wood Jr., cuya desbordante y delirante imaginación hizo mezclar vampiros, extraterrestres y zombies en sus películas. Fue la última persona que sentiría auténtica devoción real por su amigo Bela Lugosi, al que homenajearía a su especial manera, en una de sus obras maestras: Plan 9 from outer Space.

Muy interesante

Enviado el sábado 02 de enero de 2010, por Federico Pelanas (danifv27@yahoo.com)
Me ha parecido un artículo muy interesante, alejado de los tópicos asociados a estos seres.
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